La previsión económica del ataque de Israel a Irán

Análisis en ARNDigital.

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Perder el hogar, perder la esperanza

Las demoliciones de Israel en Palestina, en Periodismo Humano.

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Israel pide a EEUU “medidas paralizantes” contra Irán, arndigital

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Los pasillos humanitarios para Siria, en arndigital

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Jerusalén olvidada

Un grupo de peregrinos accede a la Ciudad Vieja de Jerusalén por la Puerta de los Leones, completando la procesión del Domingo de Ramos.

Un grupo de peregrinos accede a la Ciudad Vieja de Jerusalén por la Puerta de los Leones, completando la procesión del Domingo de Ramos.

Jerusalén es la capital de la cristiandad, pero sólo en la teoría. Roma se lleva, en la práctica, la preciada etiqueta. Es palpable durante todo el año pero estos días, en Semana Santa, la sensación es aún más acusada: los cristianos miran a Europa, no a Oriente, Jerusalén es un mito olvidado pese a que se nombre mil veces en cada oficio, en cada misa. Quizá porque la Iglesia, esa pesada institución de San Pedro, no se asienta sobre estos pilares. No. Aquí nació la fe, no el poder. Por eso las celebraciones de estos días en la ciudad poco tienen que ver con jerarquías, boato y lucimiento. La pompa se desvanece ante el peso de los sentimientos y las convicciones, las que también, seguro, hay en quien contempla el viacrucis vaticano, o en quien cada año pasa la madrugá sevillana en vela. Aquí, sin embargo, son más evidentes, están a flor de piel, quedan al aire, sin enredarse en trajes de chaqueta, vestidos de estreno, capirotes, incensarios de plata, millones de flores, engalanadas bandas de música. Otro estilo, más franco quizá, más de zapatillas y gorra, de morral y bastón, de rosarios enredados en las manos, de cánticos populares, de oraciones que faltan en las representaciones que hasta ahora conocía. De entrega. Diferentes maneras de enfocarlo. Simplemente, Jerusalén es otro mundo. Aquí no hay escuela barroca ni palios bordados, sino procesiones sin más protagonistas que el de las personas que peregrinan, sin imágenes ni escudos, sólo con el paso lento, los susurros de las letanías y las canciones, las velas que iluminan la noche. Festivos el Domingo de Ramos, cuando las palmas y los olivos (y hasta algún burrillo puesto a las puertas de las casas palestinas) adornan el camino que Jesús recorrió entre Beftagé y las murallas de la ciudad. Solemnes cuando el recogimiento hace mella, tras la liturgia de las horas en la Iglesia de las Naciones, en Getsemaní, donde Cristo pidió a Dios que apartara el caliz por venir, donde lloró como hombre, donde vivió sus últimos minutos de libertad. Aquí se recrea verdaderamente cada paso dado por Jesús, aunque la geografía, a veces, no cuadre demasiado con los relatos evangélicos: el Calvario está demasiado cerca del Santo Sepulcro, el Cenáculo está demasiado lejos del Monte de los Olivos… La historia, entendida como realidad o como leyenda, como mito religioso o como verdad incontestable, es lo que vertebra los días de Jerusalén. Por eso aquí la Biblia es una guía minutada, consultada en papel o en Iphone, contada en mil idiomas. No hay hermandades que marquen los pasos, sino un puñado de franciscanos, una minoría fuerte que combate las complicaciones de ser cristiano en la tierra de Jesús, que orienta y reproduce las tradiciones milenarias: la breve custodia de las llaves del sepulcro, el lavatorio de pies antes de la última cena, la escolta imaginaria de un Cristo prendido entre Getsemaní y el palacio de Caifás, la visita al rincón donde Pedro negó a su maestro antes del alba… Historias que han movido al mundo, sobre todo al occidental, y que, integradas o relegadas de nuestras vidas, han tejido un imaginario reconocible. Y la fe siempre por encima de los ritos, de éstos y de los que en paralelo celebra la ciudad, bloqueada por el Pesaj judío y la Easter que legó el mandato británico. Uno llega a envidiar, a ratos, la calma y el consuelo que debe generar en los creyentes. Luego viene la reflexión contraria, las ganas de relegar a todas las religiones al cajón, cuando se ve el desgaste que generan: fanatismo exaltado en ciertos elementos, choque entre diferentes (una procesión cristiana hace saltar la chispa al pie de la muralla porque impide el paso del autobús número 3, cargado de ultraortodoxos judíos camino del Kotel, por ejemplo), limitaciones a la ciencia y el progreso, al sentido común. Pero eso ya empieza a ser personal y se aleja de la estampa jerosolimita que pretendía ser esta entrada. Jerusalén, que se mete en el alma provoca estas cosas…

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Días de Purim

Un padre judío pasea con su hijo, disfrazado para el Purim. Wikipedia.

Un padre judío pasea con su hijo, disfrazado para el Purim. Wikipedia.

Primer Purim en Israel, primera fiesta realmente alegre desde que llegamos en junio. Hasta ahora, todas las ceremonias giraban en torno al dolor, la culpa, la persecución, la destrucción… Hasta la menos triste, la fiesta de las luces de Hanuka, rememoraba el luto por el templo aniquilado. El Purim, al fin, trae color y alegría a las calles de Israel. Para alguien con ojos nuevos, a estrenar en la fiesta, la comparación con el carnaval es la primera que se le ocurre. Sí, es un carnaval sin excesos, porque no hay que preparar la Cuaresma doliente por venir. Son días de disfraces, de pasacalles, de fiestas en el colegio, de comidas en familia y de recetas compartidas con los vecinos. Los judíos conmemoran la liberación de su pueblo de la persecución del antiguo Imperio persa o Aqueménida, animada por Amán o Hamán, el gran visir, y que se recoge en el Libro de Esther. El relato explica que los judíos iban a ser “masacrados” cuando, por mediación de Esther y su tío Mordechai (el héroe de la historia), lograron la libertad. Amán fue quien acuñó una de esas acusaciones que el pueblo judío arrastra desde tiempos inmemoriales: la de que está compuesto por gentes que se rigen “como clanes”, por “normas propias” y que “no respetan las leyes de los países en los que viven”. La historia de Esther se lee estos días en las sinagogas, especialmente por los niños, los grandes protagonistas de la fiesta, y en el caso de la comunidad femenina ultraortodoxa, es el Purim cuando pueden leer ante toda su comunidad, como un hombre más, por única vez en el año. Las sinagogas se llenan de color, con los trajes de gala de los pequeños, y ruido, el del pataleo y los abucheos que profieren cuando en la lectura se nombra a Amán. “Es obligación de los judíos ahogar su nombre, el de quien quiso acabar con nosotros”, explica Abraham Levy, rabino en el barrio de la Colonia Alemana de Jerusalén.

Una joven soldado muestra el dulce en forma de elefante con el que ha competido en el concurso de cocina de su base, con motivo del Purim. IDF

Una joven soldado muestra el dulce en forma de elefante con el que ha competido en el concurso de cocina de su base, con motivo del Purim. IDF

Al salir de los oficios, la comida toma el protagonismo. Los vecinos y amigos se regalan platos, sobre todo dulces (es un país de muchas cosas, pero sobre todo, de golosos), y sobre todo los Hamestachen, con forma de las orejas de Amán. Hasta en las IDF, en las bases militares, hacen competiciones de pasteles. No hay más que ver la foto adjunta. No son pocos los que aún conservan la costumbre de beber hasta perder la noción del mundo, esto es, hasta el punto de no poder distinguir la frase “Bendito es Mordechai” de “Maldito es Amán”. Pero lo hermoso está en la calle: estos días, cada escuela o guardería es un reguero de guirnaldas, cadenetas, pitos y flecos de colores. Los niños podrían confundirse con los de cualquier sitio del mundo, con sus disfraces de hada, pollito, spiderman o sherif. Lo mismo con los adultos, que recurren a los clásicos y a las caretas de goma, tan estadounidenses, gracias a las que se multiplican en el vecindario los Netanyahu, Obama y Gadafi. Muchos disfraces de homosexuales al estilo Tel Aviv y de soldados bien armados, ahí está la nota particular. Pero siempre, en esta tierra, la cara festiva tiene su cruz oscura, como los enfrentamientos de esta mañana en Hebrón entre los colonos judíos que querían celebrar sus tradiciones junto a las calles palestinas, o el cierre total de los check-points que dan paso a Gaza y Cisjordania, para impedir que acceda nadie a Israel; hay excepciones, las de los cooperantes, periodistas y algunas personas con permiso médico, pero poco más. Por unos días, queda bloqueado el paso de palestinos de un lado a otro. Ahí no hay fiesta, hay cerrojazo. La dicotomía perenne de Oriente Medio. También en Purim.

 

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La revolución llega a Palestina

Una joven canta en favor de la unidad entre Fatah y Hamás, minutos antes del ataque policial a la Universidad Al Azhar (Gaza). / Laila Abu Dahi

Una joven canta en favor de la unidad entre Fatah y Hamás, minutos antes del ataque policial a la Universidad Al Azhar (Gaza). / Laila Abu Dahi

Mientras el mundo miraba la revolución de la juventud árabe, que se levanta en el norte de África y Oriente Próximo para exigir libertad y democracia reales, los jóvenes palestinos tomaban nota. Se manifestaban tímidamente en solidaridad con sus hermanos de Egipto o Túnez pero, con el paso de los días, también ellos han sentido la necesidad de levantar la voz, todos ellos, los jóvenes que viven “bajo la ocupación” en la franja de Gaza y en Cisjordania y los que son tratados “como ciudadanos de segunda clase en Israel”. Todos, unidos bajo etiquetas como las de Youth Gaza -responsables de los entrecomillados que van a leer-, tomaron las calles el 15 de marzo para exponer sus reivindicaciones. La fuerza de ese martes ha mantenido viva la llama toda la semana, con protestas en Jerusalén Este, en Ramala, en Gaza, en Belén, en Jenín. Manifestaciones sin provocación pero perseguidas, muy especialmente en la franja, con casi 200 detenidos y 50 heridos como saldo final. Y un lema común que engloba todas sus reclamaciones: que Fatah y Hamás se unan por el futuro de Palestina, ante la convocatoria de elecciones presidenciales previstas para septiembre. 
 
Los jóvenes demandan, sobre todo, la unidad inmediata y la reconciliación entre las principales facciones políticas palestinas, así como la celebración de unos comicions libres y justos. Esto, unido al cese de la corrupción (sobre todo en el seno de la ANP) y la intimidación (habitualmente ejercida por Hamás), deben ser “los primeros pasos y más cruciales para que el pueblo palestino pueda abordar de una vez por todas las injusticias, la ilegalidad y la insostenibilidad de la ocupación israelí”. En la Plaza Al Manara de Ramala lo han gritado más de 20.000 personas, entre ellas, la decena de universitarios que intentaron acampar y empezar una huelga de hambre. La Policía no se lo ha puesto fácil. En Gaza la represión ha sido aún mayor, con el ataque a la Universidad Al Azhar como máximo exponente. Laila Abu Dahi, estudiante de Ingeniería Informática en ese campus y víctima de la entrada de la Policía de Hamás en el rectorado, resume lánguida lo ocurrido: “Cientos, miles de jóvenes queríamos salir a las plazas de Gaza para manifestarnos por la unidad de una forma no violenta. Por desgracia, nos encontramos con la represión de las fuerzas de quienes dicen que buscan nuestra liberación. Desde el 15M, Hamás nos ha atacado en varias ocasiones, sólo por el delito de pedir nuevas elecciones que ayuden a acelerar la creación, tan deseada, de un estado palestino independiente”. @AmoonaE, palestina residente en Francia, que lleva días twitteando las protestas con testimonios de sus amigos y familiares, cuenta que, inicialmente, la causa de los jóvenes logró la adhesión de todos los partidos de Gaza, excepto Hamás, que decidió cerrar la fuente ideológica de las manifestaciones, la universidad. “Entraron en la universidad y decenas de estudiantes que estaban protestando pacíficamente dentro de su propia institución resultaron heridos. Eso no es una mentira: es mi gente la que ha sido dañada y me lo ha contado, porque ellos no tienen medios para pregonarlo”.
 
En Internet se han generado cadenas de mensajes, similares a las tunecinas y egipcias, para expandir el mensaje, conectando con medios de comunicación internacionales, estudiantes, ONG e incluso con la UNRWA, a la que además han pedido protección frente al ataque de Hamás. “Les pedimos que nos ayuden a pedir a la comunidad internacional que se reconozcan nuestros derechos como seres humanos, a la libertad, la igualdad y la seguridad, y deseamos que Fatah y Hamás oigan nuestra petición”, rezan los manifiestos. “Hemos vivido la Primera Intifada, la Segunda Intifada, el bloqueo y la ocupación israelí. ¿No es eso suficiente como para exigir justicia, para querer vivir una vida mejor y asegurarnos un futuro mejor? Nosotros, los jóvenes, somos más del 65% de la población palestina. Deberíamos tener el derecho a decidir qué nos sucede y elegir el fin pronto de nuestra división política, que debe terminar ya. Exigimos el derecho a unas elecciones libres y justas garantizadas por los observadores internacionales”, concluye el documento.
 
Con el paso de los días, los jóvenes palestinos muestran más organización, aunque no hay liderazgos claros. Mohammed Azzuni, estudiante de Derecho de Ramala, 23 años, dice que a él nadie le dice lo que debe hacer, más allá de su conciencia y su deseo “de una Palestina libre”. Es él, y no un líder, ni un político, ni un intelectual, quien pide por voluntad propia. “que los gobiernos de EEUU, de Europa y del mundo árabe llamen de inmediato a nuestros dos gobiernos, hoy divididos, para que escuchen la voz del pueblo y se unan”. Sin su ayuda, explica, su causa tendrá un fin próximo.

Cuánto durará esta ráfaga de lucidez, de valentía, en los jóvenes palestinos… es la cuestión. Muchos de ellos sostienen que no van a decaer, que seguirán en la pelea como sus colegas árabes. “Nosotros lo deberíamos tener más fácil, porque no queremos echar a nadie, sino mejorar lo existente, con los que están, si tiene que ser así”, precisa Mohammed mientras entrega un pasquín amarillo -el color de Fatah-. “Una cosa es que pida unidad, y otra que no tenga mis prioridades”, dice a modo de explicación. En su folleto se leen las siguientes reivindicaciones:  

“Hacemos un llamamiento a los gobiernos de Cisjordania y Gaza para que respondan a las demandas legítimas del pueblo:

1 – La liberación de todos los presos políticos en las cárceles de la Autoridad Palestina y Hamás.
2 – El fin de todas las formas de las campañas en los medios de comunicación de unos contra otros.
3 – La renuncia de los gobiernos de Haniyeh y Fayyad para volver a construir un gobierno de unidad nacional acordado por todas las facciones palestinas en representación del pueblo.
4 – La reestructuración de la Organización de Liberación de Palestina para que contenga a todas las facciones palestinas y para volver a su objetivo inicial: la libertad de Palestina de la ocupación ilegal.
5 – El anuncio de la congelación de las negociaciones hasta la plena compatibilidad entre las diferentes facciones palestinas en un programa político.
6 – El final de todas las formas de coordinación de la seguridad de los Territorios Palestinos con las fuerzas de ocupación israelíes.
7 – La organización de las elecciones presidenciales y parlamentarias simultáneamente en el momento elegido por todas las facciones palestinas”.

Queda dicho. En la calle y en los medios. Tienen mérito estos chavales que se dejan la voz a favor de todos, no contra nadie en particular. A ver hasta dónde los dejan avanzar.

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“¡Mubarak out!”

Centro de Ramala. Sábado 5 de febrero. Un reguero de vecinos camina urgente por el centro de la ciudad, con sus mandados, sus problemas, sus paraguas contra la lluvia intermitente. Parece un día cualquiera. En la plaza Al Manara siguen pasando los coches endiabladamente acelerados, los peatones cruzan por donde se les antoja, los vendedores pregonan su mercancía a la puerta de sus tiendas. Vida de centro urbano puro. Como falta media hora para la cita, sólo se ven un par de parejas de policías y seis o siete periodistas extranjeros. A las dos hay convocada una manifestación en apoyo de la revolución egipcia, la cuarta en una semana. Todas las anteriores, celebradas ante el Consulado de Egipto, fueron disueltas al minuto de comenzar, sin incidentes, sin violencia; la presencia policial fue suficiente para amedrentar a los asistentes.

Pero la de hoy es distinta. Quizá porque la situación en El Cairo se ha enquistado tras el triunfo popular inicial y se hace más necesario presionar en contra del aún presidente Hosni Mubarak. Quizá porque la solidaridad entre los árabes, extendida como la pólvora a Yemen o Jordania, ha llegado al fin también a Palestina, y la necesidad de estar unidos es mayor. Quizá porque hay baluartes de la causa palestina que han confirmado su presencia, como Hanan Ashrawi o Mustafa Barghouti, y eso arrastra a más gente. Lo cierto es que llegan las dos y un centenar de personas ya se concentra en la plaza, tímidamente, bajo la mirada curiosa de los chavales y ancianos que comparten cigarrillos apoyados en una valla, las señoras cargadas de niños que vienen del mercado, los taxistas que casi detienen el tráfico para ver qué pasa. Como todas las protestas, ésta también necesita un tiempo para armarse. Pasados 2o minutos, son casi 400 los concentrados. Y el rumor se convierte en grito. Y los abrigos y los paraguas invernales se engalanan con pegatinas con la bandera egipcia. Y en las manos, más banderas y bordados y bufandas con los colores de Egipto y Palestina, y carteles recién escritos con lemas de apoyo al pueblo vecino, y fotografías de Gamal Abdel Nasser, cuyo panarabismo reivindican a voz en grito.
Ashrawi, solícita, ejerce de traductora improvisada: “Están gritando: ¡Viva Egipto, viva el pueblo egipcio! ¡Que se vaya Mubarak y que se vayan los colonos de Israel!”, explica gritando ella misma, coreando las mismas consignas que sus vecinos. La multitud la arrastra, los medios la reclaman, y entonces toma su relevo Musa, un fotógrafo jordano: “Ahora dicen: ¡Esta es la fuerza del pueblo árabe. Nos hemos levantado y no nos dejaremos caer nunca más!”, añade. Se acerca Omar, abogado, y da el visto bueno a la traducción. “Lo que queremos es que el mundo escuche lo que pide el mundo árabe, que se atienda a la petición del pueblo de más democracia y más libertad. No queremos que un dictador o que Estados Unidos nos marque el camino, porque es el nuestro y de nadie más… ¡Mubarak, vete, el pueblo no te quiere!”, termina bramando.
Hay gritos, hay consignas, pero también hay paz. No hay cargas ni víctimas, como en las protestas hermanas convocadas en Belén y Jerusalén Este, donde ayer se registraron cuatro heridos. Hay enfado cuando comienzan a circular esos datos, y más aún cuando alguien dice que Hamás ha parado en seco una manifestación más en Gaza. Allí no se puede abrir la boca. Nadie sabe por qué esta vez la ANP no ha parado la marcha. Por eso aprovechan, hasta que dure el permiso. La concentración, parada ante la fuente con cuatro leones que corona la plaza, aumenta de tamaño y de voz, los cánticos se repiten ya con una intensidad y un ardor que parece un mantra. Sólo se detiene cuando dos chavales, con el rostro tapado, se encaraman en la fuente y prenden fuego -al tercer intento, que los mecheros no quieren funcionar- a una bandera de Estados Unidos, ante un público dividido entre el aplauso (menor) y el abucheo (mayoritario).
Ese frenazo decide a los cabecillas de la protesta. Hay que moverse. Así que toman la calle más próxima, allí donde se concentran las tiendas de ropa, el “Stars and Bucks”, los cibercafés, y caminan arriba y abajo durante dos horas más, dos horas festivas, en las que los jóvenes protagonizan el pasacalles, inventando nuevos lemas que nacen de improviso y se apuntan rápido en un papel. Todo es color, unidad, hermandad. Se incorporan banderas tunecinas a la marcha, mientras un grupo de voluntarios del ISM termina de dibujar una nueva pancarta, inspirada en “La libertad guiando al pueblo“. Los vecinos, desde los balcones, se suman con palmas. Algunos manifestantes se arrancan a bailar, haciendo dibujos en el aire con su kufiyya. Sólo unos pocos se animan a hablar con la prensa. Y sólo para mostrar su apoyo a Egipto y Túnez. Cuando se pregunta por la posibilidad de una revuelta similar en los Territorios Palestinos (contra las detenciones arbitrarias e incluso violentas que denuncian algunas ONG, contra la falta de garantías judiciales, la corrupción administrativa, el amiguismo o los recortes a la libertad de prensa), llega la despedida. Alguno alcanza a decir: “No son casos comparables. Nuestra meta ahora es luchar contra la ocupación y, cuando seamos un Estado, pediremos cuentas a nuestros gestores”. Es lo que afirma Yazmin, secretaria en una gestoría. Nada más.
La protesta regresa a la plaza Al Manara, y entonces se viven los momentos más tensos de la mañana. Varios chicos, a los que no se había visto en toda la marcha, se suben a hombros de sus compañeros y comienzan a cantar alabanzas en favor de la ANP. Cada vez gritan más, cada vez se mueven más rápido, cada vez son más. Ellos protagonizan ya la manifestación. Los políticos se marchan, también parte de los vecinos. Su grupo se reconcentra y toma el poder. Tres chicas, compañeras de instituto, les gritan desde lejos, les piden que abandonen esas consignas. Que no es el momento. Una de ellas se envalentona y se cuela en el centro del huracán que han creado los chicos, levanta las manos. ¿Qué dice? “Les reprocha que defiendan a Fatah cuando no hace lo suficiente por el pueblo palestino. Les dice que también nosotros deberíamos levantarnos contra el Gobierno de Mahmud Abbas… Nosotras somos simpatizantes de Marwan Barghouti“, explica una de sus compañeras. Y entonces todo se desata: manojos de banderas de Fatah llegan, de pronto, en una forgoneta negra; se reparten carteles con el rostro de Abbas y Yaser Arafat; se enarbolan paraguas amarillos -casi un arma en manos de algún enfebrecido manifestante- con el escudo de la formación. Las chicas son las primeras en alejarse. No quieren pelea. La riada de partidarios de Fatah se mueve como un único hombre, de un lado al otro, rápidamente, con el nombre de Abbas en la boca. Un par de hombres más se les encaran, interviene un policía de incógnito, los separa. No han llegado a tocarse siquiera, pero el conato de incidente hace que la manifestación se rompa completamente. Sólo quedan ya en la plaza los partidarios de Fatah, ya no se nombra a Egipto, sino a Israel. Ya nadie se acuerda de la plaza Tahrir. Así se quedan otra media hora, hasta que se vuelven ronco, hasta que les puede el cansancio o el aburrimiento.
La lluvia se lleva por delante las pancartas, tiradas en el suelo. Quedan, prendidas entre alambres, unas cuantas banderas palestinas. En las farolas, en los postes de la luz, en las señales de tráfico, lucen las pegatinas con las banderas de Egipto. Vuelve la calma al centro de Ramala, se retoman las prisas, los negocios, las citas. Hasta nueva orden. También en Palestina, al menos durante tres horas, ha latido con intensidad la hermandad árabe, ese chispazo de lucidez y sueños que ha levantado a los oprimidos de tantos años.
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Ameer

Ameer arrastra las palabras, las piensa mucho, pero cuando da con las adecuadas las suelta como una ráfaga de ametralladora. Su freno es el de un palestino nacido y medio criado en Cuba, donde su padre se exilió, y que tiene el español algo olvidado (aunque no tanto para maldecir y enfadarse). Ameer pasa apenas de los 20 años y es, con su cuerpo escuálido y moreno, largo, ágil, un ejemplo de la juventud palestina que viene del sufrimiento y camina hacia el progreso. Un ejemplo de esperanza. Estudia para arquitecto en la Universidad de Nablus, pasa exámenes (y repescas…) en inglés, domina por supuesto el árabe y el hebreo y tiene un trabajo de tarde para ayudar en casa. Los ratos libres los dedica a colaborar con la ONG española Paz Ahora, a competir en carreras de coches, que lo vuelven loco, o a tomar algo con sus amigos en uno de los locales de moda de Ramala. Festivo y frivolón en su Facebook, serio y responsable cuanto hace de guía en los campos de refugiados de Asqar o Balata. Repentinamente serio cuando cuenta las historias de los niños con los que nos cruzamos: los suicidas de su familia que murieron en atentados terroristas contra israelíes, los encarcelados políticos, los muertos por ataques de las IDF…

Ameer es en sí mismo una víctima. Más allá de controles, bloqueos, visas denegadas y demás rutina que sufren los palestinos, él estuvo un mes ingresado por culpa de los disparos de unos ultraortodoxos. Volvía de Ramala, de una reunión con miembros de su asociación. Los colonos de Eli (casi 3.000 habitantes, al pie de la carretera a Nablus), le dieron el alto, lo obligaron a bajar del coche, destrozaron el vehículo a palo limpio y a él le pegaron un tiro en una pierna. Por pasar por la que entendían tierra propia. Qué serio se pone de pronto cuando relata aquello. Pero no pierde el humor, el carácter campechano que le hace entablar conversación con todo el mundo, la amabilidad extrema con el extranjero. “Yo quiero enseñaros lo que aquí pasa”, insiste cada vez que lo vemos. Con sus luces y sus sombras, porque también es crítico en extremo con los males de su pueblo y su administración. Pesimista con las negociaciones de paz, desesperado por la lentitud de los organismos internacionales al presionar para llegar a un acuerdo, hay días en que sólo quiere escapar “donde sea, a España”. Por ahora aquí se mantiene, en Cisjordania, peleando, construyendo país. Un buen tipo, este Ameer.

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Katsav

El ex presidente de Israel, Moshe Katshav, junto a su esposa Gila y una de sus nietas, en un acto oficial. Life.-

El ex presidente de Israel, Moshe Katshav, junto a su esposa Gila y una de sus nietas, en un acto oficial. Life.-

Hoy Israel es un país sobrecogido, dolorido, perplejo al descubrir lo que ya temía: que durante siete años ha tenido por presidente a un violador, a un acosador, Moshe Katsav (Likud). Un tribunal de Tel Aviv lo ha considerado culpable de estos delitos sexuales, en un caso sin precedentes en la política local. El ex presidente puede pasar 16 años en la cárcel, pese a sus constantes intentonas por rebajar la gravedad de sus acusaciones. Dicen hoy los jueces que mintió descaradamente, que manipuló pruebas, alteró documentos y amenazó a varios funcionarios que sabían de la opresión a que sometía a sus tres víctimas. Su compañero de partido, el primer ministro Benjamin Netanyahu, no ha hecho sangre, a la espera del recurso de los letrados de Katsav, y se ha limitado a hablar de un “día triste” para el país. Sólo los vecinos del ex presidente en Kiryat Malachi lo apoyan a las claras y afirman que los jueces “han debido de estar borrachos“. El resto de comentaristas, en todos los medios, se llevan las manos a la cabeza, incluso los que en su momento, por estrategias empresariales, por amiguismo o por conveniencia, se negaron a creer la versión de las mujeres violadas y explotadas por Katsav, las que lo aguantaron en Turismo y Presidencia, las que se vieron sometidas por su poder, como si fuese un señor feudal. Los movimientos de Katsav para evitar la condena y el equipo de abogados con el que se había blindado hacían pensar en una exculpación, en un caso cerrado en falso, pero la Justicia, esta vez sí, ha demostrado que la separación de poderes es clara y que quien delinque, paga. El auto condenatorio no deja lugar a dudas de que las pruebas del delito del derechista son concluyentes.

Mientras rumian su duelo, noqueados por saber que un presidente, su octavo presidente, el hombre que lideró simbólicamente Israel entre 2000 y 2007, es un delincuente brutal, los israelíes se plantean una nueva pregunta: ¿cómo llegaron a tener como líder a un ser tan indeseable, a un “violador en serie”, como afirman los fiscales? Katsav no es un político de talento, sino un tipo listo que supo moverse entre aguas revueltas en un partido, el Likud, fragmentado en la última década (derrota y retorno de Netanyahu, liderazgo de Sharon y estampida al Kadima, pérdida de alcaldías claves…). Interesante cómo lo explica Carlo Strenger. Toca analizar cómo los mediocres (su presidencia tiene pocos episodios destacados más allá de este proceso judicial en su contra, que ha durado cuatro años) y los que saben colocarse donde sopla el viento terminan por ser la cabeza reconocible de una nación. En Israel la Presidencia es más simbólica y ceremonial que otra cosa, pero no hay más que ver a su actual titular, Simon Peres, para entender el notable valor representativo que conlleva. Y durante años ha estado en manos de un hombre trepador, desconfiado, de maneras burdas, escasa cultura, que veía enemigos en cada colega, poco brillante ideológicamente hablando, políticamente mal definido, que no tenía más mérito que haber sido un alcalde querido en su pequeño pueblo. Ese era Moshe Katshav, de presidente a violador. Los filtros de la democracia deberían estar para evitar que indeseables como él representaran al pueblo, a cualquier pueblo.

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